Jervis Stoot

El Troceador

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Cuando Jervis Stoot dejó clara su intención de construir una casa en la isla mareal, por aquel entonces sin nombre, que había justo al norte de La Vieja Luz, muchos temieron que se rompiese el cuello trepando por los acantilados de la isla. Jervis ya se había ganado cierta fama de excéntrico cuando empezó su cruzada en solitario por tallar representaciones de pájaros en cada edificio del pueblo. Stoot nunca hacía una talla sin que le diesen permiso, pero su increíble talento para el tallado de madera hacía evidente que , si Stoot elegía tu edificio como emplazamiento de su proyecto más reciente, aprovecharas la oportunidad. “Lucir un Stoot” pronto se convirtió en algo de lo que presumir, y Jervis acabó extendiendo el don para incluir barcos y carromatos. Quienes le pedían tallas o intentaban pagarle por su talento eran rechazados; Stoot les decía “No hay páharo n’esa maera que yo puea liberá”, y seguía su camino, a menudo vagando por las calles durante días antes de advertir un pájaro escondido en un poste de valla, un dintel, un capitel o un marco de puerta, y entonces pedir permiso para “liberar” con sus fieles hachuelas y cuchillos para esculpir.

La excusa de Stoot para querer trasladarse a la isla parecía bastante inocente. El lugar era un refugio para la fauna aviar de la región, y su afirmación de “queré ehtar con lo páharo” parecía tener sentido; tanto, de hecho, que el gremio de carpinteros (con quien Stoot había mantenido una competencia amistosa durante varios años) se ofreció voluntario para construir una escalinata, gratis, a lo largo de la pared de acantilado del sur para que Stoot pudiese ir y venir de su nueva casa sin arriesgarse a partirse la crisma. Durante 15 años, Stoot vivió en la isla. Sus viajes al pueblo se fueron haciendo cada vez menos frecuentes, lo que hacía que fuese todo un acontecimiento cuando elegía un edificio para albergar “un nuevo Stoot”.

En Punta Arena los crímenes no eran algo desconocido, ni siquiera los homicidios. Una o dos veces al años, alguna pasión ardía demasiado, algún robo salía mal, algunos celos se volvían imposibles de soportar, o se bebía alguna copa de más, y alguien acababa muerto. Pero cuando los cadáveres empezaron a amontonarse a finales de 4702 RA, el pueblo inicialmente no tuvo ni idea de cómo reaccionar. El alguacil de Punta Arena por aquel entonces era Casp Avertin, un oficial jubilado de la guardia de la ciudad de Magnimar. Pero ni siquiera él estaba preparado para el asesino que pasó a ser conocido como El Troceador.

A lo largo de un mes, parecía que cada día aparecía una nueva víctima. Todas eran halladas en el mismo y terrible estado: el cadáver presentaba cortes profundos en el cuello y en el torso, las manos y los pies estaban amputados y apilados cerca, y los ojos y la lengua habían sido arrancados y no estaban por ninguna parte. Durante ese terrible mes, El Troceador se cobró 25 víctimas. Su asombroso talento a la hora de eludir trampas y perseguirores pronto empezó a desgastar a la guardia del pueblo, pasando factura especialmente al alguacil Avertin que se fue dando cada vez más a la bebida. En cualquier caso, el propio alguacil Avertin se convirtió en la última víctima del Troceador, muerto al encontrarse con el asesino en una callejuela estrecha (ahora conocida como el Callejón del Troceador) mientras estaba mutilando a su última víctima. En el combate que se produjo a continuación Avertin inflingió una herida notable al asesino. Cuando Belor Cicuta, por aquel entonces un simple guardia del pueblo, encontró ambos cadáveres (el de Avertin y el de la penúltima víctima) varios minutos después, reunió a los guardias y fueron capaces de seguir el rastro de sangre del asesino.

El ratro llevaba directamente hasta las escaleras de la Roca de Stoot.

Al principio, la guardia del pueblo se negó a aceptar las implicaciones, y temió que El Troceador, hubiera ido a cobrarse al probe Jervis Stoot como 26ª víctima. Pero lo que los guardias hallaron en su modesto hogar en la parte superior de la isla y en el complejo de habitaciones que habían sido excavadas en el lecho de roca de debajo no dejaba lugar a dudas. Jervis Stoot y El Troceador eran la misma persona, y los ojos y las lenguas de las 25 víctimas fueron hallados sobre un horripilante altar a un vil Señor Demoníaco de las criaturas aladas cuyo nombre ninguno se atrevió a pronunciar. El propio Stoot fue hallado muerto a los pies del altar, tras haberse arrancado sus propios ojos y lengua en una última ofrenda. Los guardias derrumbaron la entrada a las cámaras inferiores, quemaron la casa de Stoot, destruyeron las escaleras, e hicieron lo posible por olvidar lo que habían visto. El propio Stoot fue incinerado en la playa en una pira, y sus cenizas fueron bendecidas y esparcidas en un intento de impedir un regreso sacrílego de su maligno espíritu.

Lo único que queda hoy de las antaño apreciadas tallas de Stoot son cicatrices desgastadas en edificios y mascarones de proa donde los dueños usaron hachuelas para quitar lo que se había convertido en un recordatorio funesto del lobo con piel de cordero.

Jervis Stoot

Rise of the Runelords - Elanus J_O